Apocalipsis 21Reina Valera 1909 · Biblia en audio
1Y VI un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es.
2Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
3Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos.
4Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.
5Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.
6Y díjome: Hecho es. Yo soy Alfa y Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré de la fuente del agua de vida gratuitamente.
7El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo.
8Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros, y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
9Y vino a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete postreras plagas, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la esposa, mujer del Cordero.
10Y llevóme en Espíritu a un grande y alto monte, y me mostró la grande ciudad santa de Jerusalem, que descendía del cielo de Dios,
11Teniendo la claridad de Dios: y su luz era semejante a una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal.
12Y tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel.
13Al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al poniente tres puertas.
14Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
15Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de una caña de oro para medir la ciudad, y sus puertas, y su muro.
16Y la ciudad está situada y puesta en cuadro, y su largura es tanta como su anchura: y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios: la largura y la altura y la anchura de ella son iguales.
17Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es del ángel.
18Y el material de su muro era de jaspe: mas la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio.
19Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda piedra preciosa. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda;
20El quinto, sardónica; el sexto, sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista.
21Y las doce puertas eran doce perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio trasparente.
22Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero.
23Y la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella: porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera.
24Y las naciones que hubieren sido salvas andarán en la lumbre de ella: y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.
25Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche.
26Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.
27No entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira; sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero.
Sobre Apocalipsis 21
¿Qué pasa aquí?
Aparecen un cielo nuevo y una tierra nueva; los primeros pasaron, y el mar ya no existe. La santa ciudad, la nueva Jerusalén, desciende del cielo como una esposa ataviada para su marido. Una voz anuncia que Dios morará con la humanidad y enjugará toda lágrima de sus ojos. No habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor. La ciudad es inmensa y perfecta, hecha de jaspe y oro puro, con doce puertas que llevan los nombres de las tribus de Israel y doce cimientos con los nombres de los apóstoles. No hay templo en ella: el Señor Dios y el Cordero son su templo. No hay sol ni luna: la gloria de Dios la ilumina. Sus puertas nunca se cierran. Nada inmundo entra en ella.
¿La idea principal?
El final del Apocalipsis no es la destrucción del mundo sino su transformación y la llegada de una ciudad donde Dios vive entre las personas sin ninguna barrera de por medio.
Una línea para recordar
4: "Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas." No es consuelo en medio del duelo, sino la abolición de las condiciones que lo producen.
El contexto
Los muros de jaspe, las puertas de perla, las calles de oro tan puro que es transparente: la descripción es sensorial y desbordante, acumula detalle sobre detalle para sugerir una belleza que rebasa las categorías comunes. Las naciones andan a su luz. Los reyes de la tierra traen su gloria a ella. Las puertas nunca se cierran porque no hay noche, ni amenaza, ni necesidad de defensa. Es la primera vez en la Escritura que una ciudad no tiene razón alguna para cerrar sus puertas.
¿Quién aparece?
Juan, testigo del descenso de la ciudad; la voz del trono que anuncia la nueva morada; el que está sentado en el trono, que habla directamente y dice: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas; un ángel con una caña de oro para medir, que le muestra a Juan la arquitectura de la ciudad; las naciones y los reyes que traen su gloria a la ciudad.
Por qué importa
La nueva Jerusalén desciende del cielo en lugar de ser edificada desde la tierra, lo cual invierte la lógica de Babel. Dios se acerca a la humanidad en vez de que la humanidad trepe hacia Dios. Las medidas de la ciudad, doce mil estadios por cada lado en un cubo perfecto, evocan el Lugar Santísimo del templo de Salomón, que también era un cubo perfecto. La ciudad entera se ha convertido en el santuario más íntimo.
Para cuando sientes...
Para cuando necesitas saber que las pérdidas no tienen la última palabra. Cada lágrima de este capítulo tiene un rostro detrás. La abolición del dolor no es un consuelo vago, sino la reversión concreta de todo lo que ha causado duelo a lo largo de la historia humana, y quien lo hace es lo bastante cercano como para enjugar las lágrimas en lugar de simplemente declararlas terminadas.