1 Reyes 10Reina Valera 1909 · Biblia en audio
1Y OYENDO la reina de Seba la fama de Salomón en el nombre de Jehová, vino a probarle con preguntas.
2Y vino a Jerusalem con muy grande comitiva, con camellos cargados de especias, y oro en grande abundancia, y piedras preciosas: y como vino a Salomón, propúsole todo lo que en su corazón tenía.
3Y Salomón le declaró todas sus palabras: ninguna cosa se le escondió al rey, que no le declarase.
4Y cuando la reina de Seba vio toda la sabiduría de Salomón, y la casa que había edificado,
5Asimismo la comida de su mesa, el asiento de sus siervos, el estado y vestidos de los que le servían, sus maestresalas, y sus holocaustos que sacrificaba en la casa de Jehová, quedóse enajenada.
6Y dijo al rey: Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría;
7Mas yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto, que ni aun la mitad fue lo que se me dijo: es mayor tu sabiduría y bien que la fama que yo había oído.
8Bienaventurados tus varones, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría.
9Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, y te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia.
10Y dio ella al rey ciento y veinte talentos de oro, y muy mucha especiería, y piedras preciosas: nunca vino tan grande copia de especias, como la reina de Seba dio al rey Salomón.
11La flota de Hiram que había traído el oro de Ofir, traía también de Ofir muy mucha madera de brasil, y piedras preciosas.
12Y de la madera de brasil hizo el rey balaustres para la casa de Jehová, y para las casas reales, arpas también y salterios para los cantores: nunca vino tanta madera de brasil, ni se ha visto hasta hoy.
13Y el rey Salomón dio a la reina de Seba todo lo que quiso, y todo lo que pidió, además de lo que Salomón le dio como de mano del rey Salomón. Y ella se volvió, y se fue a su tierra con sus criados.
14El peso del oro que Salomón tenía de renta cada un año, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro;
15Sin lo de los mercaderes, y de la contratación de especias, y de todos los reyes de Arabia, y de los principales de la tierra.
16Hizo también el rey Salomón doscientos paveses de oro extendido: seiscientos siclos de oro gastó en cada pavés.
17Asimismo trescientos escudos de oro extendido, en cada uno de los cuales gastó tres libras de oro: y púsolos el rey en la casa del bosque del Líbano.
18Hizo también el rey un gran trono de marfil, el cual cubrió de oro purísimo.
19Seis gradas tenía el trono, y lo alto de él era redondo por el respaldo: y de la una parte y de la otra tenía apoyos cerca del asiento, junto a los cuales estaban colocados dos leones.
20Estaban también doce leones puestos allí sobre las seis gradas, de la una parte y de la otra: en ningún otro reino se había hecho trono semejante.
21Y todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y asimismo toda la vajilla de la casa del bosque del Líbano era de oro fino: no había plata; en tiempo de Salomón no era de estima.
22Porque el rey tenía la flota que salía a la mar, a Tarsis, con la flota de Hiram: una vez en cada tres años venía la flota de Tarsis, y traía oro, plata, marfil, simios y pavos.
23Así excedía el rey Salomón a todos los reyes de la tierra en riquezas y en sabiduría.
24Toda la tierra procuraba ver la cara de Salomón, para oir su sabiduría, la cual Dios había puesto en su corazón.
25Y todos le llevaban cada año sus presentes: vasos de oro, vasos de plata, vestidos, armas, aromas, caballos y acémilas.
26Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalem.
27Y puso el rey en Jerusalem plata como piedras, y cedros como los cabrahigos que están por los campos en abundancia.
28Y sacaban caballos y lienzos a Salomón de Egipto: porque la compañía de los mercaderes del rey compraban caballos y lienzos.
29Y venía y salía de Egipto, el carro por seiscientas piezas de plata, y el caballo por ciento y cincuenta; y así los sacaban por mano de ellos todos los reyes de los Heteos, y de Siria.
Sobre 1 Reyes 10
¿Qué pasa aquí?
La reina de Seba hace una visita real para probar la sabiduría de Salomón con preguntas difíciles. Queda abrumada por todo lo que encuentra: sus respuestas, su palacio, su mesa, sus siervos, sus holocaustos. Declara que no le habían contado ni la mitad. El comercio internacional y los tributos de Salomón acumulan una riqueza asombrosa: seiscientos sesenta y seis talentos de oro al año, un trono de marfil y oro, cientos de escudos y tantos caballos y carros que la plata llega a ser en Jerusalén tan común como las piedras.
¿La idea principal?
La sabiduría que de verdad viene de Dios atrae la atención del mundo, pero la riqueza que la sigue se convierte en la primera etapa de la corrupción que viene después.
Una línea para recordar
1: "Y OYENDO la reina de Seba la fama de Salomón en el nombre de Jehová, vino a probarle con preguntas." Su propósito es poner a prueba, no adular; por eso su veredicto después de la prueba tiene verdadero peso.
El contexto
Jerusalén, hacia el 955 a. C. Una caravana real del sur de Arabia llega con camellos cargados de especias, oro y piedras preciosas. Dos gobernantes que miden ingenio contra ingenio en una sala de audiencias. Luego la mirada larga: una ciudad tan saturada de riqueza que el cedro se trata como el sicómoro común, y el trono del rey es el asiento más elaborado del mundo antiguo.
¿Quién aparece?
Salomón: en la cima de su gloria e influencia; la reina de Seba: gobernante extranjera, par intelectual, interrogadora genuina; mercaderes y reyes tributarios sin nombre que mantienen fluyendo el oro.
Por qué importa
El capítulo 10 es el ápice deslumbrante antes del descenso. La visita de la reina de Seba presenta la sabiduría de Salomón como reconocida internacionalmente, incluso espiritualmente atractiva para los extranjeros. Pero el largo inventario de oro y caballos va acumulando en silencio justo lo que Deuteronomio 17 advertía que un rey no debía acumular.
Para cuando sientes...
Hay una especie de asombro deslumbrado en el testimonio de la reina, y algo genuinamente conmovedor en que una gobernante extranjera reconozca al Dios de Israel. Pero el capítulo termina con un escalofrío: cuando la plata se vuelve tan común como las piedras, algo ha salido mal.